jueves, 5 de noviembre de 2009

Carta de Su Santidad Alejandro IX al clero de America del Norte


Carísimos hermanos:
Hace ya algún tiempo que existe entre nosotros un amplio, ferviente y duradero deseo de que todos aquellos que se alejaron de la verdadera y única Iglesia de Cristo retornen y sean uno con nosotros en la Fe. Fue por ello que, desde el primer momento de nuestra elevación al Solio de Pedro, quisimos que la Iglesia sea reorganizada, que sea reformada en su disciplina, en su derecho, que los sacerdotes y los obispos pudieran dejar ese estado irregular, por decirlo de alguna manera, que existía en la Resistencia Católica desde el Conciliábulo del Vaticano y que, a pesar de la restauración del Sumo Pontificado en la persona de nuestro amado Predecesor, León XIV, no pudo llevarse a cabo.
Hubo muy buenas intenciones, lo sabemos, más hasta que Nos decidimos realizar nuestro viaje apostólico fue imposible que dicha reorganización ocurriera. Era menester, carísimos hermanos que conociéramos personalmente, no ya solo por vuestras cartas y vuestras intenciones, como estabais trabajando. ¡Y que grandes cosas pudimos ver en América del Norte que ignorábamos! ¡Cuantas cosas habías ocultado, movidos por la humildad! Y lo mismo que vosotros hicisteis, lo hicieron en Europa y África, y también en América Latina nuestros hermanos en el episcopado.
Sin embargo, movidos por el amor que sentíais por la obediencia debida al Primado de Pedro, no tomasteis ninguna decisión respecto a los episcopalianos que deseaban entrar en comunión con Nos, pero tampoco (y aquí hubo una gran falta) nos avisasteis de esa novedad. Y aquellos que, individualmente se convirtieron, no fueron admitidos según su estado en la Iglesia, por lo cual, se prolongó en ellos el dolor del cisma y la mancha de la herejía, aun cuando era de su animo entrar a la Iglesia. Anoticiados de esto, e invocando a la antigua disciplina, luego de un cuidadoso examente, estos hombres fueron admitidos a la Iglesia por nuestra orden y se erigieron parroquias y diócesis con poder de jurisdicción, y se les otorgó a los antiguos episcopalianos y anglo-católicos de Estados Unidos el derecho de mantener sus tradiciones, su liturgia y de reformar su derecho canónico usando como modelo el de 1917 que impera en la Santa Iglesia Católica.
Desde aquel momento, varios anglo católicos se han dirigido a la Santa Sede a fin de solicitar derechos y permisos similares a los que Nos otorgamos a nuestros amados hermanos conversos en América Anglosajona, hoy plenos hermanos en la Fe y el Evangelio de Nuestro Señor. En cada circunstancia, luego del correspondiente examen y consulta de la Sagrada Congregación. Fue por ello que, luego delas respectivas consultas a la Sagrada Congregación para la disciplina de los sacramentos, la Sagrada Congregación para la Erección de Iglesias y Provisiones Consistoriales y finalmente la Sagrada Congregación de Propaganda FIDE, se decidió admitir a todos los episcopalianos que se convirtieran, respetando su estatus canónico, siendo ordenados todos. Sin embargo, siguiendo la tradición que prohibía a los obispos estar casados, Nos decidimos que aquellos que ocupaban los cargos de obispos, sean admitidos como sacerdotes, más que por su fe y amor a la Iglesia, según los casos, se les otorgue el titulo de “Monseñor”, sin que ello implique la gracia del Episcopado.
En nada nos pareció entonces, contrario a la Iglesia, extender este privilegio a todos y hoy en día, la Iglesia en los Estados Unidos fructifica y florece gracias al trabajo de estos buenos católicos. Es menester entonces, carísimos hijos que todos vosotros estéis en Paz y comunión, porque todos sois ovejas del mismo rebaño, todos sois verdaderos católicos y no puede ni debe haber entre vosotros discusiones ni problemas.
Es por ello que, con el objeto de poner fin a ciertas disputas, hemos decidido elevar a S.E.R Alexander al cardenalato en la Santa Iglesia, y le otorgamos además el cargo de Primado de Estados Unidos y Canadá.
Convidamos entonces a todos los católicos verdaderos, en paz y comunión con esta Silla Apostólica, que vivan en los Estados Unidos, a someterse a sus prelados, sin importar de su pasado, porque muchos de nosotros hemos sido bautizados y crecimos en el error y la herejía antes de ver la Verdad que es la Iglesia de Cristo. Por ello les rogamos, en Cristo Nuestro Señor, con todo el amor que nos es posible, que desaparezcan de entre vosotros los recelos, que no vienen de Dios, sino del Demonio, que solo de esa manera puede turbar los corazones y echar sombra ante el milagro que vosotros constituís.


Con Nuestra Bendición Apostólica,
ALEXANDER IX. PP.

Dado en Villa María, el IX de noviembre del año MMIX de Nuestro Señor.