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lunes, 13 de septiembre de 2010

Encíclica Cum Christus

Carta Encíclica
CUM CHRISTUS






De Su Santidad Alejandro IX
Siervo de los Siervos de Dios

Para perpetua memoria



Proemio.
Como quiera que Cristo, verdadero Hombre y Verdadero Dios, otorgó al bendito Pedro regir la Iglesia, dándole potestad para confirmar en la Fe a sus hermanos, Nos, Alejandro IX Vicario del Hijo de Dios sabemos y enseñamos que desde los primeros tiempos, según leemos en la Biblia, la familia fue un pilar en la creación, así a la raza humana, Dios le entregó la tierra toda en prioridad. Esta unión que Dios santificó desde el principio, en la plenitud de los tiempos, Nuestro Señor lo elevó a signo visible de su Gracia. Así quedó fijado desde el principio que el hombre se uniría a una mujer y que, como enseñó Jesucristo y ha repetido la Iglesia, esa unión era indestructible.
En estos tiempos modernos, donde algunos pretenden conciliar las instituciones de origen divino con los placeres y degeneramientos del mundo moderno, para si mejor servir a Satanás y tratar de confundir a los Elegidos, pero ¿Cómo podrán confundir a aquellos que el Señor Separó? ¿Acaso tiene Satanás y sus secuases parte o prenda de los predistinados? Nos sabemos muy bien que esto es imposible, pero Nuestro Señor ha decidido ponernos a prueba, ver con cuanta fuerza podemos defender nuestros valores y nuestra fe. Y como el único estado posible es el Estado Católico, y las únicas leyes pueden ser aquellas que o bien emanan de las leyes divinas o por lo menos no las contradicen, tenemos que oponernos con todas nuestras fuerzas a las uniones del mismo sexo que quieren elevar al rango de matrimonio, de la misma manera que tenemos que levantar la voz contra el divorcio.
La homosexualidad, pecado aberrante.
Corresponde entonces que la Santa Sede se exprese sobre estos problemas, porque a ella se le entregó la custodia de la Fe, la moral, las costumbres, en si, todo el depósito del Cristianismo. No podemos consentir de ninguna manera con la homosexualidad, antes bien, tenemos que condenarla, y no bajo el laxismo de algunos que esconden con falsa piedad sus propios crímenes: la homosexualidad es un pecado aberrante, un pecado mortal por el cual Dios clama sangre. Ese pecado, carísimos hijos es un crimen contra la naturaleza, es una afrenta a la Iglesia, es una blasfemia a Dios y a toda la creación. Mienten aquellos que, en coordinación con la Iglesia de Satanás buscan la excusa y dicen “se condena el pecado y no al pecador” ¿Cómo no condenaremos al pecador si lo condena el mismo Dios? ¿Acaso tiene la Iglesia más piedad que el Todopoderoso? Nos, por nuestro Santísimo Oficio tenemos que condenar a los pecadores, y en este caso especialmente a todos los homosexuales, quienes son prenda del infierno por su aberrante crimen contra Dios. Mas les valdría a estos no haber nacido, más le valdría invocar la muerte y el perdón de Dios, para que sus crímenes no los lleven en el Infierno a un lugar con más sufrimiento del que ya de por si merecen. ¡Pedid misericordia e invocad la muerte! ¡Rogad a Dios que termine con vosotros!
¿Qué corresponde entonces a aquellos que alientan estas uniones que tanto ofenden al Señor? Corresponde el peor de los castigos, corresponde la mayor ira, porque a muchos a quienes Nuestro Señor ha soltado de su gracia, dejándolos en completa libertad, son llevados al abismo por estos siervos de Satanás. Conocemos de quienes hablamos, sabemos quienes son. Responsables gubernamentales que se niegan a prohibir la homosexualidad, otros que los alientan. Peores son aquellos otros que, habiendo recibido el Espíritu Santo, aún en el cisma y la herejía, deciden apoyar a estos infames. A vosotros corresponde la ira divina y pagareis vuestro pecado.

Del divorcio y la fornicación.
No muy distinto es el divorcio. Porque algunos alegando la libertad reclaman para si el derecho a destruir la unión sagrada realizada ante los ojos de Dios, quebrando con el mandamiento dado por el Creador allí en el Edén. Nuestro Señor bendijo al matrimonio y estableció que este era indisoluble ¿Con que derecho quieren algunos ir en contra de los mandatos de Dios? Y así como condenamos a los estados que permiten la homosexualidad, debemos condenar a los estadistas que consienten el divorcio en sus dominios.
El divorcio es el nombre con el cual se quiere encriptar la vil fornicación. Muchos han pretextado el maltrato, el abuso o el desamor como causal de divorcio. A ellos respondemos con la vida ejemplas de la Beata Isabella Canori Mora, a quienes Nos, en el día de ayer hemos inscripto entre las personas dignas de veneración. Ella se comportó como una verdadera esposa católica, y es el fiel ejemplo de lo que deben hacer las mujeres en todo tiempo, orando por su esposo, sosteniendo espiritualmente a su familia y luchando por los más necesitados, entregando su dolor a Cristo Nuestro Señor.
Las nulidades matrimoniales, uso y abuso.
Pero nos llena de horror cuando vemos que algunos prelados, aún en comunión con Nos han decidido buscar la fácil salida de la nulidad matrimonial, considerándola prácticamente igual al divorcio, y así han firmado prestos todo tipo de anulaciones, destruyendo familias por un simple capricho. Asi pues, la costumbre que han tomado algunos de los obispos de otorgar con increíble celeridad las anulaciones matrimoniales debe ser rechazada de forma absoluta, tan to mas cuanto se han cometido toda clase de excesos y violaciones a las normas del Derecho Canónico Pio Benedictino.
Y porque es conocido que algunos se ampararon en las costumbres de las Iglesias Orientales, tanto más reprensible puede ser este accionar, porque imitan a los cismáticos y se alinean con los herejes que malsienten el sacramento del matrimonio.

Medidas de la Santa Sede sobre los crímenes contra la Santa Unión del Matrimonio.
Es por ello, que invocando todas las enseñanzas que la Santísima Iglesia Católica ha profesado y transmitido, Nos, Alejandro IX, Siervo de los Siervos de Dios en primer lugar declaramos y condenamos como aberrante cualquier unión entre personas del mismo sexo. Establecemos que los homosexuales quedan, consientan o no a sus deseos viles fuera de la Iglesia, que no pueden recibir los sacramentos y que deben ser separados y apartados de la sociedad y muy especialmente de la Iglesia si es que no poseen un claro, evidente y sincero deseo de enmienda.
En segundo lugar, disponemos que cualquier católico en comunión con esta Sede que apoyara o consintiera con la homosexualidad o el divorcio comete pecado mortal, y que el mismo no podrá ser absuelto salvo que el fiel demuestre sinceramente su deseo de enmienda y haga reparación publica por su gravísimo pecado. Si el pecador fuera un eclesiástico, el mismo será excomulgado.
Tercero, toda causa de nulidad matrimonial que haya sido aprobada por los tribunales diocesanos y no fuera refrendada por la Rota Romana que funciona en el exilio hasta el día veinticuatro de marzo del año de Nuestro Señor Jesucristo MMVI hasta el día de hoy, seis de septiembre del MMX de la Gracia, son absolutamente nulas y completamente inválidas, y que por lo tanto deben ser remitidas a la Augusta Autoridad de forma inmediata para su expedito análisis.
Cuarto, Nos, Alejandro IX, Siervo de los Siervos de Dios, ordenamos y establecemos que se consideren válidos e indestructibles todos los matrimonios celebrados entre católicos fieles a la Santa Sede.
En quinto y último lugar, la disparidad de religión podrá servir como causal de nulidad, más no la disparidad de rito, porque aun cuando se casaran católicos de rito oriental y occidental, mientras estén en comunión con el Verdadero Vicario de Cristo, son miembros de la única y verdadera Iglesia Católica.

Despedida
Todo esto lo hemos dispuesto apelando a la Tradición Católica, apelando a la Sagrada Escritura y basándonos en los juicios infaible del Sagrado Magisterio y ordenamos por nuestras lertas que todo lo aqui dispuesto sea tomado como nuestra enseñanza pontificia, para ser guardada, velada y respetada por todos aquellos que se encuentran bajo nuestra Augusta Autoridad.


Dado en la Santa Sede en el Exilio, En Villa María
el día VI de Septiembre del año MMX de la Gracia,
II de Nuestro Pontificado.